Pensando Argentina - Bicentenario República Argentina

Pensar Argentina, sus orígenes, su identidad y su futuro.

María Inés Montserrat

Algunas reflexiones sobre las raíces históricas de nuestra identidad

HACIA EL BICENTENARIO
LAS RAÍCES HISTÓRICAS DE NUESTRA IDENTIDAD (*)


En la mayoría de los pueblos que han atravesado encrucijadas históricas se han producido fuertes movimientos intelectuales para descubrir, y hasta recrear su identidad. El bicentenario se nos presenta como una ocasión y una oportunidad de generar un movimiento intelectual capaz de ese redescubrimiento y recreación de identidad nacional que permita a la Argentina encarar con esperanza un futuro prometedor. Saber qué somos, porqué somos así, es el cimiento para poder decidir qué queremos ser.
Ante un público de jóvenes universitarias, me parece oportuno acudir a su propia experiencia de vida para brindar un ejemplo concreto. Al plantearse la elección de una carrera, entran en juego muchos factores. Es una decisión cargada de tensión donde la pregunta clave es “qué quiero ser?”. La elección de carrera requiere de una cierta madurez, saber qué habilidades tengo, qué me gusta, en qué me proyecto y en qué quiero servir a la sociedad. En primer lugar, necesita de una cierta conciencia de mi propia identidad que me permitirá tomar las decisiones acertadas para llegar a ser aquella que realmente deseo. Sin una identidad no resulta viable una construcción conciente y libre de mi futuro, quedamos a merced del entorno, de las circunstancias. La barca de la propia vida puede quedar librada a los vientos y corrientes, sin que yo pueda conducirla a través de esas circunstancias convertidas en oportunidades.
Los argentinos también necesitamos ser concientes de nuestra identidad, responder al difícil interrogante “qué somos, cómo somos” y entonces podremos acordar qué queremos ser, para tomar decisiones acertadas y eficaces en el presente.
Desde el ámbito de la Historia, el aporte es facilitar esa reflexión necesaria sobre nuestros antecedentes, sobre nuestro pasado.
Me propongo esbozar algunas consideraciones que me parecen pertinentes a la hora de abrir el debate histórico en el marco del bicentenario.
En primer lugar, advertir que la celebración del bicentenario de la Revolución de Mayo debería acompañarse de una madura conciencia de que nuestra nación no nace el 25 de mayo de 1810, como lo creían aquellos jóvenes entusiastas de la Generación del ´37.
Es necesario reconocer que la Revolución es un hecho histórico relevante y significativo que merece nuestra consideración. Incluso hoy encontramos numerosas lagunas de conocimiento sobre los personajes destacados de la etapa revolucionaria, lagunas que pueden convertirse, con motivo del bicentenario en objeto de estudio y discusión de los historiadores. Existe aún mucho por saber, por investigar y por discutir sobre los antecedentes, los protagonistas y el desarrollo del fenómeno revolucionario porteño . Sin embargo, así como es necesario profundizar nuestro conocimiento de ese periodo, no es posible comprender la historia y la identidad de nuestro país sin remontarnos más allá de 1810.
Lamentablemente, por variadas y complejas causas que se podrían esbozar desde el campo de la historiografía, durante décadas se han abordado los siglos anteriores a la revolución desde una mirada simplista o cargada de prejuicios que reducen e incluso deforman la verdad histórica.
Cabe reconocer el esfuerzo historiográfico realizado por valorar el pasado prehispánico, estudiando las poblaciones originarias que habitaron el territorio del actual territorio argentino y americano. Esfuerzo que ha impulsado incluso un cambio en la currícula escolar, con la intención de generar una mayor conciencia sobre esa realidad de nuestro pasado.
Sin embargo, es llamativo que ese esfuerzo por reconocer y valorar a los pueblos originarios, no se acompañe de una mirada madura e histórica sobre el período de la conquista y colonización del territorio. El período hispánico se presenta al lector, al maestro, al estudiante, al televidente, como una etapa oscura, negativa, de opresión y dominio en contraposición con un pasado de armonía y una etapa revolucionaria caracterizada por el progreso y la libertad. Cabe quizás, el paralelismo con la concepción ilustrada sobre la Edad Media, como etapa oscura que “medió” entre la edad antigua y la moderna.
Con motivo del quinto centenario del Descubrimiento de América, hemos vivido un acalorado debate en torno a esta temática. Hoy, al analizar los textos y discusiones de ese momento, e incluso al observar material de divulgación histórica y textos escolares, es posible distinguir tres tipos de discurso. Por una parte, una “leyenda rosa”, una “leyenda negra” y un tercer modo, más científico, un enfoque histórico capaz de buscar la mayor objetividad posible al abordar su objeto de estudio, historiadores capaces de reconocer la miserias y las grandezas, la complejidad que podemos encontrar en todo período histórico. Estudiar historia significa estudiar al hombre, y así como el hombre se nos presenta como una realidad compleja, con aciertos y errores, heroísmos y cobardías, generosidad y mezquindades, la historia de toda nación también está nutrida de estos elementos. Caemos en el simplismo, en el reduccionismo, cuando queremos despojar de alguna de estas realidades a los hombres del pasado.
Estudiar la conquista y la colonización de nuestro país por España implica reconocer que se trata de un pasado rico y complejo, con aspectos oscuros y otros luminosos. Pero todos ellos no pueden caer en el olvido, y mucho menos en la negación o en la deformación, porque explican muchos aspectos y realidades de nuestro presente, que de lo contrario carecerían de sentido.
Es mi intención limitar estas reflexiones a presentar tan solo algunos de los mitos que actualmente se difunden en textos escolares e incluso universitarios. Mitos o leyendas que carecen de fundamento científico y han llevado a construir una valoración negativa de tres siglos de nuestra historia.
Así por ejemplo, se emplea la expresión “genocidio” para hacer referencia a la muerte de población aborigen durante la conquista y colonización. Es una realidad innegable que el proceso de conquista siempre implica un lamentable costo de vidas humanas. En primer lugar, cabe aclarar que el imperialismo no fue inventado por la España de los Reyes Católicos, basta recordar el Imperio Romano y porque no, el Imperio Inca y el Azteca. Aquí nos encontramos con otro mito: una visión idílica de América antes del descubrimiento. Cuando España – y otras potencias europeas – inician la conquista, encuentran verdaderos imperios. El afán de poder, los impuestos, la eliminación o esclavitud del vencido, ya estaban presentes antes de la llegada del hombre europeo.
Si hablamos de genocidio, debemos comprender el significado del vocablo. Se trata de la eliminación intencional y sistemática de un grupo por razones de raza, religión o cultura. En tal sentido, no es posible afirmar que la Corona española se haya propuesto eliminar sistemáticamente a la población india. Por el contrario, a diferencia de la práctica habitual de esclavizar al dominado, los declaró súbditos del Rey e implantó dentro del sistema administrativo, funcionarios que defiendan sus intereses y normas de protección. Por supuesto que existieron abusos, pero se ha demostrado que no existió impunidad. Vale como ejemplo, el caso de un juez – oidor- que sometido a un juicio de visita, tipo de inspección diseñada para combatir la corrupción en Indias, fue considerado culpable de no cumplir correctamente con sus funciones. Se trataba de Pedro Venegas de Cañaveral, quien fue suspendido y quedó sin tener con qué sostenerse, a pesar de estar casado con persona principal: “vino a extremo de tener que pedir limosna para su sustento, y al fin, murió sin tener con qué enterrarse, quedaron sus hijos huérfanos, pobres y desventurados”.
No es posible admitir intencionalidad en el Estado Español, y tampoco es posible hablar de eliminación de la población. Es de evidente comprobación la realidad del mestizaje, fenómeno que no se observa en tierras colonizadas por Gran Bretaña en ese mismo período, y casualmente nación en la cual se origina la bibliografía que ya desde el siglo XVIII acusa a España por su acción de conquista.
El pasado hispánico que habitualmente se presenta como sinónimo de dominación y explotación, necesita ser abordado desde una perspectiva más objetiva, capaz de calibrar todos sus aspectos. Simplemente la consideración de la labor educativa, con la fundación de 33 universidades, o la elaboración de diccionarios de las lenguas nativas que hoy permiten conocerlas, ya que no contaban con gramática ni diccionarios. O el arte barroco colonial, que brinda un ejemplo plástico de cómo se combinaron en una nueva cultura, elementos autóctonos y españoles, dando lugar a un producto original de inestimable valor.
Todo ese pasado, podría parecer muy lejano y sin embargo, hoy está muy presente.
Podríamos evocar algunos elementos que se asocian a nuestra identidad. Por ejemplo, la Plaza de Mayo… lugar de reunión, de manifestaciones, festejos, protestas. Porqué de modo casi natural la población se dirige hacía allí? Es necesario remontarse a la plaza mayor indiana. Era el centro político, económico, religioso y social de la ciudad. Allí estaba el cabildo, el mercado, la Iglesia y era el lugar de paseo y reunión. Ya no está la recova, pero está el Banco Nación. El cabildo solo es museo, pero encontramos la Municipalidad y la Casa Rosada. Aún tenemos la Catedral y la procesión anual de Corpus. Quizás lo único que parece haber cambiado es el lugar del paseo semanal…
La Bandera… Si bien Belgrano la enarbola por vez primera después de 1810, sus colores se remontan a tiempos anteriores. Ya en las invasiones inglesas, esos colores usados por los patriotas en cintas, moños y lazos, fueron distintivos de los patriotas. Pero aún podemos remontarnos más allá. El Consulado, de quien fuera secretario perpetuo el mismo Belgrano, adoptó como enseña los colores celeste y blanco. Esos colores responden a la banda de la Real Orden de Carlos III, establecida en 1771 por ese Rey, quien se inspiró en la túnica y manto de la Virgen en su advocación de la Inmaculada Concepción, declarada patrona universal de los Reinos de España e Indias en 1760. En el famoso cuadro de Goya sobre la familia real se observa a Carlos IV usando esta condecoración. El mismo Belgrano no desconocía el origen de esos colores y nunca ocultó su devoción a la Inmaculada Concepción. Así llegamos a la tan familiar imagen de la Patrona de la Argentina: Nuestra Señora de Luján. La imagen original, luego cubierta con un rico vestido triangular como el que actualmente contemplamos, es una talla de la Inmaculada Concepción. A veces encontramos quienes creen que la Virgen viste los colores argentinos, pero si investigamos un poco, podemos concluir que la Virgen ya vestía esos colores antes de la creación de la Bandera , y cabe afirmar que nuestra enseña patria, con la cual nos identificamos como argentinos, bandera que tantos hombres heroicos defendieron con su propia vida y que hoy reclama de nosotros también una conducta heroica por su idoneidad y virtudes capaces de construir una nación, esa bandera lleva los colores de la Virgen.
Me animo a afirmar que no es posible comprender nuestro pasado y por tanto recrear nuestra identidad sin aceptar las profundas raíces cristianas de nuestro país. La Revolución estalla en Buenos Aires, así llamada en honor a Nuestra Señora de los Buenos Aires. En las puertas del Bicentenario, no podemos dejar de reconocer toda la herencia de tantos hombres cristianos, que confiaron en la protección de la Virgen incluso al establecer el puerto que luego daría el nombre a la ciudad. Hombres cristianos con una visión esperanzadora que debemos recuperar en el presente para poder vislumbrar un futuro prometedor.


Lic. María Inés Montserrat
Profesora y Licenciada en Historia
(*) Este texto fue expuesto en el ámbito de la Fase Regional del Congreso UNIV 09
Buenos Aires - Residencia Universitaria Sur - 12 de septiembre de 2009

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Comentario

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Martín Comentario de Martín el marzo 3, 2010 a las 3:27pm
Un muy buen artículo para tratar de "sacudir" nuestras adormecias mentes y corta memoria. Es justo también reconocer que lo mejor de nuestra gente, aquellos que trabajamos en silencio todos los días para hacer de nuestra casa (la pequeña y la Patria Grande) un lugar mejor, llevamos arraigados una profunda herencia cristiana. La esperanza de un mejor futuro, construído a partir de la libertad para elegir nuestro propio destino, es un mensaje propio de la doctrina cristiana. Con trabajo y sacrificio, con un proyecto concreto en el horizonte y haciendo uso de la libetertad podemos contruir un país mejor. Que el bicentenario sirva como tiempo de reflexión y proyección para construir la Argentina que queremos. Tenemos material y podemos. Pongamos la voluntad para hacerlo !!!

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Creada por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011 at 4:21pm. Actualizada la última vez por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011.

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