Pensando Argentina - Bicentenario República Argentina

Pensar Argentina, sus orígenes, su identidad y su futuro.

Demasiado individualismo - Por Silvia Zimmermann del Castillo

El fútbol, reflejo de las dificultades del país para actuar en conjunto

Con el partido contra Alemania aún sin terminar, la expresión de Maradona muestra sin lugar a ninguna duda el peso de una inevitable frustración Foto: EFE

Borges escribió en 1946 un ensayo titulado "Nuestro pobre individualismo". Está incluido en Otras inquisiciones .

En su brevedad, el escritor plantea básicamente que a diferencia de los norteamericanos y de casi todos los europeos, el argentino no se identifica con el Estado, por lo que "es un individuo, no un ciudadano". El dato no es menor, si consideramos que, en virtud de este divorcio del individuo con el Estado, para el argentino, robar dineros públicos no es un crimen, lo que nos llevaría a dar con el humus metafísico de la corrupción. En otro párrafo, nos dice que mientras que para el europeo el mundo es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce, para el argentino es un caos, en el que, además, "el héroe popular es siempre el hombre solo que pelea con la partida". Basta pensar en Martín Fierro, Juan Moreira o Segundo Sombra.

Lo curioso es que, aun siendo un acérrimo defensor del individualismo, Borges encuentra que el de los argentinos no deja de ser un individualismo pobre, por lo que se atreve a pensar en la posibilidad de un partido político que tuviera afinidad con nuestra peculiar idiosincrasia. Es decir, la posibilidad de que, sin resignar el individualismo, fuésemos capaces de ser también comunidad.

Los sucesos deportivos del mes me recordaron estas reflexiones.

Admito mi poco o ningún conocimiento sobre fútbol, no obstante lo cual no escapo al fervor que despierta la competencia argentina en un mundial. El sábado le até a mi gata una cinta albiceleste, preparé el mate y me acomodé frente al televisor para ver el partido de Argentina y Alemania. Desde su primera actuación, fui siguiendo el desempeño de nuestro seleccionado, con la actitud de una profana que no se priva por ello de sacar audaces conclusiones. Estábamos ante una instancia definitoria y me propuse seguir el derrotero de un partido que, desde el vamos, confirmaba mis sospechas. No me había atrevido a manifestarlo antes por exceso de pudor, pues, en realidad, no soy más que una escritora con vocación socrática. Si bien lejos estoy de considerarme pulpo o pitonisa, desde el tercer minuto de comenzado el juego supe que ya habíamos perdido, y a pesar de la esperanza que demanda el buen patriotismo, el aliento a rajatabla y el "no te des por vencido ni aun vencido", desde ese instante intuí lo peor: una sucesión de goles sólo detenidos por el silbato final. No fue por eso menor la tristeza ante la derrota y, si bien no rompí en llanto, comulgué con el dolor de los muchachos que habían dejado en la cancha todos sus jóvenes esfuerzos y del resto de mis compatriotas que, enfundados en los colores argentinos, permanecían estáticos en las gradas del estadio o ante las enormes pantallas.

Así es el deporte: se gana y se pierde. Pero en esta ocasión, y en virtud de las proclamas y los alardes, el caudal de la derrota implicaba una suerte de humillación.

Al día siguiente llegaron nuestros hombres, y una multitud se agolpó en Ezeiza, para recibirlos con cantos de afecto. Gesto bueno de toda bondad, porque nadie duda de que esos 23 jugadores nuestros pusieron sus talentos, sus ganas, sus sudores y su amor. No caben los reproches, pero sí la reflexión crítica, valiente y sincera.

Es así como regresé a los pasajes de aquella aguda reflexión de nuestro poeta. Porque lo que pude percibir en el campo de juego fue la reiterada manifestación de nuestra debilidad. Lo que se hereda no se hurta, dice el adagio, y entonces pensé que nuestros jugadores, los técnicos, los comentaristas de fútbol, nosotros, no pudimos sustraernos de nuestro pobre individualismo, el cual, al enfrentarse con desafíos grupales, se manifiesta como culto al personalismo, al paternalismo y a la dificultad para trabajar en equipo.

Pocas manifestaciones lo muestran con tanta claridad como el fútbol. Algo me llamaba la atención: un deporte cuya fuerza radica en el conjunto parecía reducirse, en nuestro caso, a la suerte de un solo hombre contra la partida: Martín Fierro, don Segundo Sombra, Juan Moreira, pensé? Maradona, Messi? Del otro lado, el mundo. La responsabilidad no es de nadie en particular y es de cada uno de nosotros, como la patria: los argentinos no creemos en el conjunto. Y esta falta de fe se plasma en la imagen que se tiene de nosotros: una nación con brillantes individualidades que no logra, no obstante, triunfar como nación. Un seleccionado con un inquietante goleador que no atemoriza en lo grupal, según dijo el director técnico germano.

Hay algo más que deberíamos saber interpretar de esta experiencia.

Hipólito Taine fue un filósofo, historiador y crítico de arte francés del siglo XIX. De 1865 es su obra Filosofía del arte . En uno de sus pasajes, Taine habla de las circunstancias que posibilitan el surgimiento del genio, y desarrolla un interesante paralelo con la naturaleza. Dice que la perfecta semilla de un naranjo puede sembrarse en distintos suelos y épocas, pero que serán la tierra y la temperatura más propicias las que harán prosperar esa semilla hasta convertirse en un naranjo excelso. De la misma manera, el genio y el cúmulo de talentos de una época o de un lugar necesitan de la temperatura moral favorable para florecer y desplegar su potencia.

Es decir: el genio es individual, pero su florecimiento y su esplendor son obra de una voluntad comunitaria que lo abriga, lo acompaña y lo complementa. Da Vinci fue su genio, pero fue también la temperatura moral de una época que hizo posible que Da Vinci llegara a ser Da Vinci y, sobre todo, que el mundo tuviera un Da Vinci.

De la misma manera, una temperatura moral inexistente o adversa es suficiente para que una sociedad y un tiempo se priven del brillo de sus más fulgurantes individualidades.

Borges es su genialidad y también su hogar, la revista Martín Fierro , Victoria Ocampo y Sur y Buenos Aires, con un grupo de Florida y un grupo de Boedo al que él personalmente nunca perteneció. El mismo Borges fue la culminación de una sociedad, de una suma de individuos que constituyeron un equipo silencioso pero comprometido en una estrategia de cultura, de valores literarios, de intereses estéticos. Me pregunto si de tener Borges 23 años hoy, con su Fervor de Buenos Aires recién aparecido, disfrutarían las generaciones futuras de la gloria de este Borges que acrecienta nuestra identidad. Mucho me temo que no. El individuo es el mismo, también el río de sueñera y de barro por donde vinieron los barcos a inventarnos la patria. Lo que ha variado es la temperatura moral. Y aunque parezca contradictorio, es esta temperatura moral la que nos lleva a fagocitar y a anular a los mismos valores que entronamos como ídolos.

Estos días de fútbol casi inexcusable me han hecho pensar que se necesita mucho más que la proclama del amor, mucho más que el héroe solitario. Se necesita la voluntad de individuos aunados en el objetivo de lo común, capaces de elaborar estrategias de conjunto, fortaleciendo todas las áreas, dando la importancia merecida a cada uno en su justo lugar.

Los goles infructuosamente esperados de Messi, la pasión de Maradona, desbordante pero insuficiente, el desconsuelo de nuestros deportistas, me llevaron a encadenar estas reflexiones que tienen en común la deliciosa pero ardua urdimbre de nuestro ser argentino, ese finísimo hilo de plata que reverbera en la luz de nuestras grandezas y trepida en la obstinación de nuestras frustraciones.

© LA NACION Martes 6 de julio de 2010

La autora es escritora y directora del Capítulo Argentino del Club de Roma.

Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1281975

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Creada por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011 at 4:21pm. Actualizada la última vez por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011.

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