El conventillo de la Paloma. De Alberto Vacarezza. Intérpretes: Claudio García Satur, Ana María Cores, Arturo Bonín, Daniel Miglioranza, Horacio Peña, Ingrid Pelicori, Irene Almus, Rita Terranova, Néstor Sánchez, Norberto Díaz, Alfredo Castellani, Luis Podestá, Juan Carlos Copes, Marcelo Bernadaz, Héctor Nogués, Alfredo Zenobi, Diana Arias, Johana Copes, Mónica D´Agostino, Marilí Machado, Verónica Gardella, Pablo Di Felice, Emanuel Duarte, Diego Freigedo y Fernando Mercado. Voz en off: Raúl Lavié. Escenografía: René Diviú. Vestuario: Maribel Solá. Coreografía: Juan C. Copes. Dirección musical: Gaby Goldman. Dirección: Santiago Doria. En el Teatro Nacional Cervantes. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Un sainete en pleno siglo XXI puede resultar peligroso si no se conocen sus códigos históricos y no se representa con actores cuyo oficio les brinde ductilidad para todo tipo de papeles. "El que se atreve a decir que no hay arte en un sainete no sabe dónde se mete ni por dónde ha de salir", decía Alberto Vacarezza. El sainete refleja tanto una época como una forma de hacer teatro. A través del humor transitaba lo testimonial, con arquetipos urbanos que se volvían entrañables y espejo para los espectadores de la época.
Reproducir eso en escena requiere conocer profundamente la historia del teatro nacional y ser lo suficientemente sensible como para lograr que un elenco considerable pueda volver a mover el alma del público. Santiago Doria es el director ideal para ese propósito. No sólo reproduce fielmente esa postal de principios del siglo XX, sino que consigue el efecto deseado en el espectador. Aunque tal vez a los más jóvenes les cueste entender lo que dicen algunos personajes, es casi obligado que se asomen a ese sistema de vida donde el inmigrante y el criollo mezclaban sus decires y costumbres en una babel tan curiosa como bella y pintoresca.
La imponente escenografía de René Diviú, que reproduce un conventillo en toda la superficie de un escenario giratorio, es esencial para un resultado cargado de filetes. Sobre ese territorio de balcones y puertas deambula esa microcomunidad que reparte engaños, amoríos y algún que otro facón desenvainado. A su vez, Doria alimentó el "fin de fiesta" clásico del género con tres canciones, músicos y unos bailes tangueros, cuyas coreografías fueron pintadas con el virtuoso pincel de Juan Carlos Copes.
Santiago Doria se nutrió de un elenco, en su mayoría, también veterano en estas lides. Todos y cada uno de ellos realizan composiciones sólidas, detallistas, medidas. Son caricaturas, sí, pero no hay desbordes, y es un mérito especial lograr que esta multitudinaria compañía tenga una uniformidad asombrosa. Ana María Cores es la protagonista perfecta. Su Paloma tiene esa línea intermedia exacta entre la candidez y la experiencia de vida. Esa mujer sola, emancipada y de mundo es quien perturba a todos los habitantes, hombres y mujeres, por ser tan libre, tan hermosa y tan mujer. Sobre el final, además, regala un tango bellísimo.
El resto del elenco femenino, a su vez, es también protagonista de los mejores momentos de la trama. Ingrid Pelicori demuestra qué inmensa que es como actriz, en su composición adorable de gallega. Entretanto, Rita Terranova, como la turca Sofía, e Irene Almus, como la Doce Pesos, también son dueñas de momentos desopilantes a partir de sus simpáticas criaturas. Por su parte, Claudio García Satur, Arturo Bonín y Norberto Díaz sorprenden favorablemente con sus composiciones del tano, el gallego y el turco, respectivamente, y Daniel Miglioranza, Alfredo Castellani y Luis Podestá encuentran la fibra del porteño vivillo y simpático.
A Horacio Peña y a Néstor Sánchez les tocaron los tipos rudos y demuestran su ductilidad para este tipo de papeles costumbristas.
Una alegría extra es ver nuevamente una producción de esta envergadura y este nivel en el escenario mayor del Teatro Nacional Cervantes.
Pablo Gorlero
Jueves 21 de octubre de 2010
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