Pensando Argentina - Bicentenario República Argentina

Pensar Argentina, sus orígenes, su identidad y su futuro.

ELOGIO DEL BIEN COMÚN. Por Inés Riego de Moine (1)

No haríamos una lectura adecuada de la realidad de estos días sin acudir una vez más a aquello tan antiguo y tan nuevo que debe ligarnos y encaminarnos como comunidad hacia un mismo fin: el bien común. Cada semana, cada día, cada hora de nuestro mundo se ponen en escena los mil modos en que el bien común es pisoteado, olvidado, arrinconado, ignorado… En estas últimas semanas, una vez más, la sociedad argentina vuelve a reproducir a escala nacional una muestra pequeña de lo que ocurre cuando el bien común es burlado por los protagonistas del poder -el campo contra el gobierno-, tal como sucedió en 2008. Pero, ante el asombro de muchos, el pueblo argentino sigue dando muestras de madurez cívica, y el problema promete resolverse por la vía pacífica del diálogo -lo que todos esperamos-, aunque nadie ignora que las injusticias de fondo siguen siendo la raíz del disenso, injusticias que no son otra cosa que violaciones sistemáticas al bien común inscripto en el sumo orden del amor.
No muy distinto parece ser el rumbo generalizado de la política en el orden mundial, a pesar de los grandes tratados internacionales vigentes con rigor de ley, que viven gloriosos en los discursos pero mueren fatalmente en las prácticas: las facciones priman sobre la búsqueda común de soluciones, el interés individual por sobre el de las comunidades, el egoísmo de pocos sobre la necesidad de muchos, y así sigue su marcha el mundo: con escasa voluntad de diálogo maduro, con vergonzoso olvido del carácter sagrado del bien común, con graves indiferencias que siembran odios silenciosos y rencores que duran generaciones… Pareciera sin más que hemos olvidado el valor y el sentido intrínsecos a toda comunidad, la común unidad de personas cuya comunión sagrada e inapelable se muestra en el bien común: tú bien es el mío y mi bien es el tuyo, porque la fraternidad entre tú y yo no es sólo un derecho proclamado, sino un deber básico cuya asiento es el corazón. Vale la pena recordar a Emmanuel Mounier, cuyo mensaje permanece inalterable en su pasmosa actualidad:

“Una comunidad es una persona nueva que une a las personas por el corazón. No es una multitud. A una pura comunidad no podría dársele un nombre. No la miraría acertadamente sino aquel que captara a cada uno en su originalidad irreductible y considerara el conjunto como una orquestación. Una sociedad sólo es duradera si tiende a este modelo. No se une a los hombres ni por sus intereses (partidos, ligas y sindicatos de reivindicaciones), ni por sus impulsos, emociones, envidias y prejuicios (partidos también, clases y lucha de clases), ni por sus servidumbres (místicas del trabajo, aún liberado, porque se libera el trabajo de todo salvo de sí mismo). No se les une más que por sus vidas interiores, que van desde ellas mismas a la comunidad” (Revolución personalista y comunitaria, I, 236-7).

¡Estar unidos por nuestras vidas interiores! Poco tenemos en cuenta en nuestra vida política y social diaria esta verdad que está grabada a fuego en el interior de cada cual: somos, en nuestra intimidad más profunda, seres comunitarios y relacionales, no meros individuos solipsistas y autistas, que nos debemos tanto al bien común como al bien personal que albergamos como fin, felicidad y plenitud de vida. Es más, no habrá bien personal sin bien común. Y no seremos felices ni forjaremos la paz sin ser creadores y ejecutantes de esa sinfonía perfecta que cada persona ha de hacer vibrar en el seno de su comunidad. Ya lo sabía a la perfección Santo Tomás de Aquino en pleno siglo XIII cuando señalaba las tres cosas que se requieren para el bien común de una sociedad: 1º, la unión de todos sus miembros en una amistad sincera y verdadera (fraternidad); 2º, la unión de las fuerzas de todos para colaborar en la concreción del bien común (libertades mancomunadas, en sinergia); y 3º, la abundancia suficiente de bienes humanos, externos e internos, materiales y espirituales, intelectuales y morales (desarrollo sustentable, valores y virtudes). De lo cual resultará la paz social, producto de la unidad tras el bienestar colectivo, en suma, el bien común (Cfr. De Regno I, 1 c.15 n.49).

Pero -¡vaya novedad!- en los milenios recorridos por la humanidad, a pesar de tantas páginas escritas y leídas, de tanto sufrimiento y tantos actos que nos avergüenzan como cuerpo colectivo que constituimos, todavía nos cuesta dar el primer paso, la iniciación en nuestra madurez cívica y comunitaria: “la toma de conciencia de mi vida indiferente: indiferente a los otros porque es indiferenciada de los otros. Encontraremos aquí la inevitable unión de la persona a la comunidad” (E. Mounier, Revolución personalista y comunitaria, I, 187). Quiere decir Mounier: yo no soy diferente a los otros -aunque sí lo soy en otros sentidos-, ellos están en mí y yo en ellos, eso es la comunidad, intencionalidad real. Lo contrario a esta conciencia es la actitud que asumimos por lo general, ignorando sin más el altísimo valor de la actitud personal, como enseñaba Viktor Frankl: el sinsentido, la indiferencia, el descompromiso, la inercia del no hacer porque “el responsable es el otro”, son las muletillas que usamos para justificarnos a diario y que escasamente sirven para una limpieza superficial de nuestra conciencia.

Vivimos en el reino de las libertades individuales, muchas veces divorciadas del bien común, porque, incluso como sociedad, persistimos en la búsqueda de una libertad todopoderosa e ilimitada -hasta podemos elegir la identidad sexual que más nos guste- con la menor cantidad de vínculos y ataduras posibles: los deberes de ciudadanía, filialidad y fraternidad reducidos al estrecho círculo de mi familia y mis amigos, esto es, el más puro individualismo, ese enemigo silencioso que, cual enfermedad contagiosa, acecha en los pliegues más hondos de mi ser a la espera de derribar mis bajas defensas. Por eso, decía Mounier, “lo que combatimos es esto, el individuo vaciado de toda sustancia y lazo carnal o espiritual, fortificado con resentimientos y reivindicaciones, erigido en absoluto; la libertad considerada como un fin en sí, sin relación a algo en qué justificarse, hasta el punto de juzgar la elección misma y la fidelidad como impurezas” (Revolución personalista y comunitaria, I, 198). De ahí que, como lab-orantes del intelecto, de la cosa pública, de la educación o simplemente de la vida, no debamos escatimar esfuerzos, aunque parezca una ingenuidad, en actualizar y fortalecer el elogio del bien común. Elogio que no debe quedar en el discurso sino encarnarse en los gestos, en las actitudes, en los compromisos, en las acciones, por pequeñas que puedan parecer, porque de nuestras sinergias cotidianas, que suman como granos de arena a las acciones mancomunadas -de manos en común-, dependerá la feliz existencia comunitaria a que todos los ciudadanos del mundo estamos convocados.
(1) Doctora en Filosofía, Presidente del Instituto Emmanuel Mounier de Argentina.

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Comentario de María Cristina Roth el junio 21, 2009 a las 3:14pm
No me sorprende ,conociendo a la Dra. Inés Riego, el análisis certero y profundo que nos hace del Bien Común. Acertado, desde lo temporal, por los momentos que estamos viviendo en nuestro país y en el mundo entero.
Sumergidos en una tormenta de vientos y tempestades que lo único que nos señalan es el reduccionismo del bien, el facilismo, la prioridad del deseo y la satisfacción inmediata del mismo, sin considerar ni sopesar qué medios utilizamos para alcanzarlo. urge recuperar ,como lo hace la Dra. llevándonos hacia Mounier, el concepto de comunidad y de persona.
Maria Cristina Roth.

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Creada por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011 at 4:21pm. Actualizada la última vez por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011.

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