“Salus Populi Suprema est Lex” (“El Bien del Pueblo es la Ley Principal”). Cicerón
Reflexionando a partir del lenguaje popular, que nos revela algunos aspectos negativos de nuestra forma de ser, podemos descubrir las causas profundas de nuestro sufrimiento colectivo y encontrar caminos hacia un cambio positivo de nuestra actitud social, que nos ayude a resurgir como nación. Quizás entonces tanto dolor no sea en vano.
Hay dolores que nos llegan desde fuera, de la enfermedad repentina, del terremoto, o simplemente de la maldad ajena. Otros son, directa o indirectamente, consecuencia de
nuestra manera de pensar y actuar. Ante los primeros tenemos el consuelo de sabernos víctimas inocentes, pero la desesperanza de que poco o nada podemos hacer para evitarlos. Ante los segundos, la dolorosa tarea de enfrentar que el problema está en nosotros y tener que cambiar, pero, a cambio, la considerable ventaja de saber que si lo hacemos podemos solucionarlos.
Todos los argentinos estamos sufriendo, unos mucho más, otros menos. ¿Ante cuál de los tipos de dolor nos encontramos? La pregunta es crucial, y urticante cuando tantos están padeciendo sin culpa de su parte. Si respondemos que el conjunto de la sociedad es mera víctima de la maldad de unos pocos, propios o extraños, tendremos el alivio de nuestra inocencia colectiva, pero también la impotencia de saber que nuestro destino está en pocas manos perversas de las cuales parece casi imposible liberarnos. En cambio si respondemos que algo de nosotros mismos se encuentra en la raíz de nuestros problemas económicos, políticos, institucionales y sociales, y vemos a éstos como síntomas de cosas que no funcionan bien en la misma sociedad...entonces quizá debamos enfrentar el dolor de la autocrítica, pero encontraremos con ella la esperanzadora certeza de que podemos cambiar, y contribuir así a la solución de nuestros males.
No me refiero al modo de ser del argentino en el ámbito de sus núcleos inmediatos de pertenencia, sino a nuestra manera de actuar, sentir y pensar respecto de la cosa pública, de la “res publica” –de la “República” Argentina-.
Quizás el dicho “hecha la ley hecha la trampa” no sea autóctono, pero somos los más finos cultivadores de este arte. Los que apelen a la injusticia del sistema para justificar nuestra anomia no podrán decir que las normas de tránsito son “injustas”. Y sin embargo, ¡con qué habilidad y placer el conductor argentino encuentra las mil sutiles maneras de violarlas! El tránsito de nuestras ciudades es un modelo en pequeño de nuestra indisciplina social. Una vez más podemos desligarnos del problema y ubicarlo en la vereda de enfrente, diciendo que “es culpa de la policía ineficiente y corrupta”, pero...¡cuán ocultamente felices lo disfrutamos! Y el precio social de esta divertida indisciplina es el triste récord mundial de muertes de tránsito.
La “cosa publica” ha sido mirada durante décadas, por la Argentina pública y privada, de diversos estratos sociales y de diversas regiones del vasto y rico país, como una “vaca lechera” inagotable, y así, el dicho discepoliano, “el que no llora no mama”, expresa insuperablemente la infantil actitud de exigir y reclamar todo al estado, al cual por otra parte nada le debíamos. Pero la “vaca” ya no es nutricia, se ha vuelto escuálida y moribunda, transformándose para subsistir en una sanguijuela que chupa la sangre de toda iniciativa de la sociedad.
Me dirán que es culpa de las políticas corruptas e ineficientes, y es cierto. ¿Pero acaso no piensa nuestro inconciente colectivo que “el que no afana es un gil”? ¿No existió en nosotros una secreta ambivalencia hacia el funcionario que roba? (“¡Qué bien la hizo!”, se nos escapa la admiración). ¡Si “el vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo”! ¿Quién puede jurar solemnemente, y si no lo hiciere que Dios y la Patria se lo demanden, que, puesto a funcionario y viendo que “todos” roban, está dispuesto a ser “el único gil”? Es verdad que estamos cansados de la corrupción que tan cara nos cuesta, y no sólo a nuestros bolsillos. Pero en lo que leo y en lo que observo de la verborragia actual no encuentro aún suficiente conciencia de que ha habido algo problemático en nuestra propia manera de ver las cosas.
“Hay que aprovechar”, reza la sagrada máxima del “ventajita”, observable también en el conductor que nos “madruga”. Actitud de aprovechamiento dirigida no sólo hacia la cosa pública –su blanco favorito-, sino también hacia toda manifestación de abundancia o poder. Si un sector de la actividad privada levanta cabeza, inmediatamente se depositan sobre él ojos voraces. Si a un pariente o amigo lo nombran ministro, imaginamos inmediatamente los beneficios de nuestra relación, y llamamos “zonzo” (usaría si pudiera otro término más expresivo) al que no “aprovecha”. Y donde los aprovechadores predominan sobre los generadores hasta aplastarlos, la riqueza no se distribuye, se extingue. Y la comunidad en su conjunto se perjudica.
Esta Argentina que se parece tanto a un naufragio recrea una consigna muy apreciada por aquí: “salvarse” (es decir, salvarse solos, y a costa de otros). Como me decía aquel amigo: fulano “se salvó” (acababa de ser electo senador provincial). Algunos se “salvan” en nombre de la autarquía del poder judicial, otros aferrándose a la función pública abusando de las últimas gotas del estado exhausto. Otros fundiendo la empresa pero conservando el capital, dejando un tendal de acreedores. Otros por las redistribuciones discrecionales de la riqueza producidas desde el poder político. Muchos pretenden lograrlo defendiendo sólo los intereses de su corporación, en una Argentina tan similar al legendario Túpac Amarú descuartizado. Muchísimos, haciendo de la evasión fiscal su “modus vivendi” sin notar que lo único que logran es serrucharse el piso mientras favorecen, “avivatos”, que se continúe “cazando en el zoológico” de los “giles” que pagan. Etcétera. Y no hay que ser experto para saber que en un naufragio hay muchos más ahogados cuando cada uno trata de salvarse por las suyas...
Nuestro mayor orgullo, la “viveza criolla”, resulta patética desde afuera, desde los despreciados “gringos” que pagan sus impuestos y se detienen ante la luz roja aunque nadie cruce. Pero reconozcámoslo: comenzamos a resultar patéticos para nosotros mismos. Nuestra autoestima por el piso, ¿será el doloroso y humilde comienzo de un cambio de modo de pensar? Hay que evitar aquí, sin embargo, un falso optimismo: la ilusión de pensar que las crisis tienen una evolución natural por las cuales llegado un punto “se toca fondo” y viene el “rebote”. Esta concepción nos lleva a esperar pasivamente que la solución se produzca sola o por un tercero, esquivando la responsabilidad de una actitud activa frente a nuestros problemas, y en lugar de un “fondo” podemos encontrar el abismo.
Mi optimismo, en cambio, radica en que hay indicios de que estamos aprendiendo, desde el mejor maestro, el dolor, ciertos principios que hacen sana a una sociedad. Uno no poco importante es que no hay nación sin conciencia de solidaridad; y este rasgo, que se percibe intensamente en la sociedad civil, debe hacerse extensivo a toda nuestra actitud cívica. Inclusive hacia el estado, ante todo por el funcionario que está a su cargo, pero también por parte del ciudadano. Abramos los ojos y veamos que la solidaridad no es sólo moral sino “ontológica”: no somos solidarios sólo cuando obramos solidariamente, sino que lo somos siempre, para bien o para mal, porque estamos atados por nuestra pertenencia social a que el destino individual de cada uno sea inseparable del destino común, y por eso no es inteligente el “no te metás”. No podemos “salvarnos solos”, y ésto vale también respecto de nuestros vínculos con el mundo.
Puesto que estamos “vacunados” contra los discursos éticos, lo que predico es una nueva viveza, no ya criolla sino universal: la de la “inteligencia social”, como se ha dicho. La de comprender que el patrimonio común no me es ajeno y que lo que le sucede al conjunto me sucede a mí, el abecé de la cultura cívica de un pueblo. La de aprender que ningún argentino podrá lograr su bien particular o sectorial en el mediano plazo sino comprometiéndose desde su lugar a luchar por aquel otro bien indispensable para cada uno, que sólo puede alcanzar unido a los demás en sociedad política, y que los clásicos denominaron “Bien Común”. La viveza, en fin, de un inteligente patriotismo, que no es la proyección colectiva de nuestro “ego”, sino la conciencia de que no podremos recibir de la nación (y de su organización, el estado) si no nos ponemos a su servicio.
Exponiendo estas ideas entre amigos se me objeta: “para encauzar el comportamiento social bastan instituciones sanas”. Es cierto. Pero me pregunto: ¿de dónde van a surgir? Por lo que se ve, no de la corporación política, máxima expresión (¡no la única!) de la mentalidad que describimos. Tampoco de un salvador criollo o foráneo, sueño de unos y de otros. Ciertamente es necesario establecer normas claras, hacerlas cumplir y perdurar, ordenar el gasto y la recaudación, generar confianza a la inversión productiva nacional y extranjera, y hacer a nuestro país creíble y “normal” y volver a crecer. Pero somos una democracia, y ésto implica que ninguna dirigencia podrá lograrlo, aún teniendo el potencial para ejercer esa conducta ejemplar que tanto necesitamos (sustentada en la integridad ética y la idoneidad profesional), si no cuenta con el apoyo de una sociedad que toma conciencia, desde el sufrimiento colectivo, de los rasgos negativos de su idiosincrasia, y se decide a algo más que a reclamar derechos individuales y sectoriales, eligiendo propuestas serias que la ordenen como nación y como estado.
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