
A lo largo de su pontificado, recordó la importancia de considerar a la
persona en su integridad. La Lic. en Filosofía Graciela Palau comenta
aspectos del pensamiento del Papa Juan Pablo II acerca de la persona.
“Karol Wojtyla, en su libro Amor y responsabilidad, uno de sus primeros
escritos anteriores al pontificado, afirma que la persona es alguien no algo,
un sujeto, no un objeto ni una cosa. Es un sujeto de interioridad, decía Karol
Wojtyla, capaz de conocer y de amar. Esto significa que la persona tiene
intimidad, un mundo interior que puede comunicar hasta donde su libertad
quiera. El ser humano es un ser único, irrepetible, inasible. No es reemplazable
por otro. Cada ser humano, por ser tal, tiene una dignidad que lo hace
merecedor de todo respeto. Es capaz de autoposesión y de autogobierno,
explica Wojtyla en su obra Persona y Acción y se determina a sí mismo por
un querer único en el que nada ni nadie puede sustituirlo.
Juan Pablo II entendía la vida humana como un don y una tarea, por eso
afirmaba que el hombre tenía que conquistar su destino. Como somos libres,
estamos destinados a hacernos a nosotros mismos a partir de lo dado; esto
significa que no estamos determinados, aunque nos sepamos poseedores
de una naturaleza, una condición o un modo de ser que está llamado a
llevarse a plenitud. Esta es la primera responsabilidad ante nosotros mismos,
ante los demás y ante Dios: realizarnos como personas. A veces podemos
comportarnos como animales, o aún peor, como bestias, porque el animal
actúa determinado por su instinto y no lo puede modificar. El hombre, en
cambio, está llamado a educar sus instintos, a modelarlos conforme a la
inteligencia y a su capacidad de amor. En una entrevista realizada por André
Frossard, Juan Pablo II afirmaba que la medida de la libertad está en el amor
del que seamos capaces. Amar es comprometerse, servir, dar, y esa acción
de amar que aparentemente nos encadena es la plenitud del ejercicio de
la libertad humana. Porque somos libres podemos prestar un servicio a los
demás, podemos darnos, podemos amar. Por esa razón, la vocación del
hombre es la llamada al amor. Podemos hacer de nuestras vidas una entrega
al servicio de los demás, y esto es garantía de felicidad.
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