APRENDIENDO A PENSAR EN EQUIPO (1)
Ninguna persona sensata piensa que la humanidad actual posee el conocimiento total y completo de todo el universo. Las personas singulares, con más razón, poseen un conocimiento incompleto de la realidad.
Las personas religiosas, por su parte, piensan que la verdad completa la tiene sólo Dios. Los hombres, por tanto, sólo pueden conocer con certeza la verdad que ha sido revelada por Dios, que es siempre parcial. El conocimiento, por tanto, del enorme campo de la realidad que no ha sido revelado, depende del esfuerzo humano. El resto de la realidad que el hombre es ó que le circunda, se conoce a través de los sentidos y se entiende con la inteligencia
Las personas que no tienen fe y que, por tanto, no creen en la verdad revelada, piensan que la totalidad del conocimiento sobre nosotros y el mundo que nos rodea se obtiene con nuestro esfuerzo.
Queda así delimitado un enorme espacio común, tanto para creyentes como para los que no lo son, donde se ha de aplicar nuestro esfuerzo por entender el universo y entendernos a nosotros mismos. En este terreno, encontramos leyes o verdades científicas comprobadas, teorías que se adecuan mejor o peor a los hechos conocidos, hipótesis de diverso valor y simples opiniones.
Los hombres del siglo XXI tenemos ya suficiente experiencia como para saber que aún el conocimiento científico probado puede no ser completo. Las leyes comprobadas, pueden ser aplicables solo a casos particulares, y ser válidas solo dentro de determinadas condiciones, que son las utilizadas en los experimentos realizados. Fuera de esas específicas condiciones experimentales, algunas leyes pueden describir la realidad en forma poco adecuada o no describirla en absoluto .
Pensemos ahora en nuestra vida diaria. Cuando dos personas defienden posturas opuestas, en general, las dos creen tener razón. Si son sinceras, ambas reconocerán haberse equivocado, en el pasado, con enorme frecuencia. Por tanto, por muy seguras que estén, será sensato que escuchen a la otra parte con atención y que dialoguen con ella.
La actitud básica para dialogar se compone de dos elementos: El tener en cuenta que sólo conocemos parte de la verdad, como hemos visto antes, y el reconocer que la persona que tenemos enfrente puede conocer parte de la verdad que nosotros desconocemos.
Este segundo elemento puede explicarse con una simple imagen: "Una mano alzada con los dedos curvados con ademán parecido al de los jugadores de frontón vasco cuando intentan atrapar la pelota al vuelo, interpuesta entre dos interlocutores. Surge la pregunta:
-¿Esto es cóncavo o convexo?
Y sin dar tiempo a responder, la contestación evidente :
-Para ti cóncavo; para mi convexo.
Está claro que las dos respuestas son verdaderas, dependiendo del lugar donde se ubique el observador.
Muchas veces, frente a un problema, se podrán dar múltiples soluciones, todas ellas verdaderas aunque parcialmente válidas. El transcurso del tiempo, con su consiguiente cambio de circunstancias, irá modificando la adecuación y conveniencia de las distintas opciones y haciendo preferibles a unas sobre otras, según la situación o la perspectiva que se considere." (1)
Todo diálogo, mantenido inteligentemente, deberá partir de estas dos actitudes fundamentales:
1) El reconocimiento de que mi saber es limitado y que no agota el tema y
2) Que la persona con la que dialogo, seguramente puede aportar algo que mejore mi conocimiento, ya sea por su perspectiva, circunstancias o experiencia.
Sobre esta base, el diálogo es posible. Con sólo uno que crea conocerlo todo y haber agotado las posibilidades del intelecto, será imposible dialogar y enriquecer mutuamente la comprensión del tema.
(1) Herranz, Julián, En las afueras de Jericó. Cap.XIII, pág.225
Laureano Mones Cazon
25 de abril de 2009
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