Pensando Argentina - Bicentenario República Argentina

Pensar Argentina, sus orígenes, su identidad y su futuro.

"Ser Mujer: Una identidad, una misión" por Inés Riego de Moine

Las páginas de Presencia de Mujer (Ed. Mounier Argentina, Córdoba 2009) surgen de mi inquietud por el sentido de la presencia de la mujer en el mundo, particularmente en este tiempo. Porque sin lugar a dudas el ser mujer -y el ser varón- no viene dado porque sí, porque a Dios se le ocurriera jugar a la diferencia de puro aburrimiento, allá en el origen del tiempo humano. Ambos formatos del ser persona, varón y mujer, revelan la primera y maravillosa diferencia de ser humano, que no consiste en ser ‘algo’ de género neutro ni un ángel asexuado, sino un ‘alguien’ que expresa, antes que nada, una identidad peculiar querida por Dios para cada uno, masculina o femenina, que debe ser escuchada, descubierta y querida, para así poder vivir con felicidad y gratitud la vocación de género a la que hemos sido convocados desde que vinimos al mundo.

Pero para acercarnos a nuestro propósito, repensar la identidad y la vocación de la mujer, no elegimos cualquier horizonte de referencia sino el que nos privilegia: el ‘mirar del corazón’, un mirar que las mujeres de todos los tiempos y lugares han sabido testimoniar y que hoy muchos creen olvidado, insignificante o superado, causándoles a otros hasta un cierto escozor. Pero hay que ser optimistas, porque la amnesia colectiva sólo aqueja a unos cuantos -lamentablemente los más poderosos- que optan por endurecer el corazón destilando en sus actos las consecuencias que palpamos a diario: el dolor y la injusticia acumulados en el mundo no obedecen a otra instancia que a la ‘falta de corazón’ transformada en acontecimiento global.

Por tanto dolor compartido, por la com-pasión inherente a nuestra identidad, por la historia de silenciamiento y opresión que nos precede, la mayoría de las mujeres vivimos un despertar a la conciencia de género que trae consigo un fuerte llamado interior a ser auténticas, a ser nosotras mismas. Es éste un canto que ya nadie puede ahogar y que lucha por expresar esta identidad, el ser mujer, en nuevos cauces acordes a las exigencias de este tiempo, pero sin perder ni abandonar su formato y su valor eternos.

Por eso, no dudo en decirles que hay un sentimiento común que nos une a las mujeres por encima de nuestros normales disensos, y es que muchas de nosotras tenemos conciencia de que si nuestra ‘brújula interior’ ha perdido el rumbo o ha enloquecido por tanta confusión reinante -ideológica, cultural, antropológica y moral-, se hace urgente una tarea de búsqueda y esclarecimiento que nos lleve a redescubrirnos como mujeres, es decir, a estar bien conscientes de que ocupamos un lugar único en la humanidad y desde ese lugar cotidiano de cada una damos testimonio -aun sin proponérnoslo- de nuestra condición femenina y de nuestra misión, de lo que somos y de los que nos proponemos ser, aunque todavía no sepamos definirnos del todo. La misma inquietud embarga a las mujeres de muy distintas latitudes, condiciones y culturas, pero toda inquietud tiene un sentido: el nuestro consiste en ayudarnos a nosotras mismas, primero, a ‘comprender’ esta identidad nueva y eterna a la vez y, segundo, a ‘vivir’ con respeto la gracia de haber nacido mujer, respeto que sólo se logra desde la aceptación libre de sí y por ende hecha a conciencia plena.

Pero, y he aquí lo eternamente nuevo, toda libertad verdadera supone un ‘dejar ser’, una cierta pasividad, una estar calmo, una respetuosa y profunda aceptación de lo que se es, eso que nos ha sido dado en gracia, por ejemplo la propia corporalidad y todo lo que ella entraña en el plano moral: un phatos curioso e inquietante para este tiempo de ‘autonomías auto referenciadas’ y ‘libertades sin vínculos’. Hoy se es ‘libre’ hasta de elegir el género o abortar al hijo en camino, pero ¿hace esta ‘libertad’ más felices a hombres y mujeres? La presencia personal felicitante -la que produce felicidad- es la que sabe ejecutar al unísono las notas de la gracia y la libertad, de la genética y la cultura, del ser y el deber ser, porque ellos son los compases imprescindibles de la bella partitura humana. Sólo desde esta elección responsable, que no tiene nada de extraordinaria salvo su compromiso inexorable, podremos vivir de acuerdo a lo que somos radicalmente: este estar delante del otro -el afuera-, sin perder la propia identidad -el dentro-.

Pero, ¿qué hacer?, ¿cómo respetar esta identidad siendo mujeres titulares de este siglo XXI? Se trata, en primer lugar, de aprender a ‘habitar nuestro lugar’, el lugar de la dignidad del ser mujer que aunque proclamado por doquier dista mucho en la realidad de haber sido alcanzado por todas en igual medida. No es lo mismo mi lugar de privilegio, o el de muchas de nosotras, que el de aquella mujer desamparada socialmente y agobiada por dar el pan diario a sus hijos, o el de aquella otra poco reconocida y vista, víctima silenciosa de la violencia y el abandono. Y esta realidad implica un desafío imposible de soslayar para los que creemos en el Dios Amor Trinitario, desde la conciencia de ser todos uno en Cristo. He aquí donde el ‘qué hacer’ se transforma en ‘quehacer’, en la misión hecha compromiso de ‘vivir con vocación de mujer’, dando testimonio de capacidad relacional, de acogida, de cuidado, de maternidad y de esponsalidad, todas ellas claves específicas del ser mujer que conllevan un destino universal a ‘humanizar la humanidad’.

Pero esta misión no debe ser concebida y ejercida a solas, cual ‘carrera o derecho de género’, sino en unidad con el varón, sin competencias y sin resentimientos, con reciprocidad y con valentía, rescatando del olvido la conciencia de la misión sagrada encerrada en la fuerza moral y espiritual femenina. Dios le ha confiado a la mujer de un modo especial, nada menos que el valor supremo de la creación, el hombre: ella es la custodia de su bien. No en vano el Nazareno dijo lo que dijo, minutos antes de expirar en la cruz, viendo al discípulo que amaba -la humanidad- y dirigiéndose a su madre María que lo acompañaba -la mujer-: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn, 19, 26).

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Sobre la Libertad

"...un "ir yendo" hacia algún lado, y esto parece no servir en un mundo que vive al día y pretende abolir el horizonte. Sin embargo, se está viendo que "no ir para ningún lado" y ser "libres como hoja al viento" no es necesariamente sinónimo de libertad, sino de ser, muchas veces, esclavos... del viento."

Fragmento de "Elogio del noviazgo" de Miguel Espeche

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Creada por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011 at 4:21pm. Actualizada la última vez por Laureano Mones Cazon. Dic 3, 2011.

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